19 de junio de 2011

El hombre de los ojos bonitos



Vídeo "The Man With The Beautiful Eyes" de Jonathan Hodgson, basado en un poema de Charles Bukowski.

14 de junio de 2011

EL AMANTE DE LAS FLORES - Bukowski

iEn las montañas de Valkeri 
entre los pavos reales que se pavonean 
encontré una flor 
tan grande como mi cabeza 
y cuando me estiré 
para olerla 

perdí el lóbulo de la oreja 
parte de la nariz 
un ojo 
y la mitad de la cajetilla 
de cigarrillos 

regresé 
al siguiente día 
con la intención de cortar 
aquella maldita cosa 
pero la encontré 
tan hermosa 
que en cambio 
maté un 
pavo real.

REGTEST - Luca Prodan


intro:[Am Dm Am E7]x4
Some call this happy valley rock:

     Am           Dm
play us some music,lord,
                   Am       E7
i hope i won't come on too strong
    Am               Dm
you can´t refuse it,yeah,
                 Am        E7
but you know you might be wrong

yow could call it reggae,
you couldn't call it rock and roll
come on get ready,
there´s a big ball going to roll

              Am
You better get up brother up,

        Dm            Am
brother up get brother up,yeah
                 E7
don´t you go too far
               Am
you better get down,brother down,
        Dm
brother down,brother down,brother down yeah,
Am                E7
 like a shooting star...

11 de junio de 2011

PITTSBURGH PHIL Y COMPAÑÍA - Bukowski




Este tío, Sommerfield, no trabajaba en nada y además le pegaba a la botella. Era una especie de imbécil y yo trataba de evitarle, pero él siempre estaba asomado colgando de la ventana medio bebido. Me veía salir de mi casa y siempre me decía lo mismo:
-Hey, Hank. ¿Por qué no me llevas a las carreras?
Y yo siempre le contestaba:
-Un día de éstos, Joe, hoy no.
Bueno, él seguía y seguía siempre con lo mismo, colgando de la ventana medio borracho, así que un día le dije:
-Está bien, Cristo, vamos...
Y nos fuimos a las carreras.
Enero en Santa Anita, si conocieras ese hipódromo sabrías que puede hacer verdadero frío cuando estás perdiendo. El viento llega de las montañas nevadas y tus bolsillos están vacíos y tiemblas y piensas en la muerte y en los tiempos duros y en el alquiler y todo lo demás. No es un sitio muy agradable para perder. En Hollywood Park por lo menos puedes volver a tu casa bronceado.
Nos fuimos a las carreras. El habló durante todo el camino. No había estado jamás en un hipódromo. Le tuve que explicar la diferencia entre ganador, colocado y apuesta múltiple. Ni siquiera sabía lo que era una valla de salida o un folleto de apuestas. Cuando llegamos, utilizó mi folleto. Tuve que enseñarle a leerlo. Le pagué la entrada y le compré un programa. Todo lo que él tenía eran dos dólares, me los enseñó. Suficiente para una apuesta.
Dimos una vuelta antes de la primera carrera, mirando a las mujeres. Joe me dijo que no había estado con una mujer en cinco años. Era un tío de apariencia miserable, un verdadero perdedor. Pasamos las páginas del folleto de apuestas y miramos a las mujeres; entonces Joe me dijo:
-¿Cómo es que el caballo 6 está 14 a uno? A mí me parece el mejor.
Traté de explicarle por qué el caballo estaba 14 a uno en relación con los otros caballos, pero él no me escuchaba.
-Tan cierto como el infierno que es el mejor. No lo entiendo. Yo voy a apostar por él.
-Son tus dólares, Joe -dije yo-, y no pienso prestarte ni un céntimo cuando los pierdas.
El nombre del caballo era Red Charley, una bestia de aspecto triste. Salió con las cuatro patas vendadas. Cuando la gente lo vio, su cotización bajó a 18 a uno. Yo puse diez dólares a ganador al caballo lógico, Bold Latrine, un apretado manojo de clase, con una buena temporada a sus espaldas, y segundo favorito en la carrera. Pensé que 7 a 2 era un buen precio para ese caballo.
Era un recorrido de milla y cuarto. Red Charley estaba ya en 20 a uno cuando salió de la valla, y salió el primero; no podías perderlo de vista con tanto vendaje. El chico le pegó fuerte y sacó cuatro cuerpos en la primera recta, debía creerse que estaba en una carrera de cuarto de milla. El jockey sólo había ganado dos veces en 40 montas y en seguida se veía por qué. Llevaba seis cuerpos de ventaja en la recta de vuelta. La espuma caía a chorros por el cuello de Red Charley; parecía condenada crema de afeitar.
En la última curva los seis cuerpos habían disminuido a cuatro y todo el paquete le iba ganando distancia. Al entrar en la recta final, Red Charley sólo sacaba un cuerpo y medio y mi caballo, Bold Latrine, iba avanzando cada vez más. Yo me sentía como si estuviera allí dentro. A mitad de la recta sólo me sacaba una cabeza. Unos metros más y estaría el primero. Pero siguieron de ese modo hasta el final. Red Charley ganó por una cabeza. Pagaron 42,80 dólares.
-Sabía que era el mejor -dijo Joe, y se fue a cobrar su dinero.
Cuando volvió me pidió el folleto de nuevo. Lo ojeó.
-¿Cómo es que Big H está 6 a uno? -me preguntó-. Parece el mejor.
-Puede que te parezca el mejor a ti -dije-, pero según los expertos en caballos y handicap, verdaderos profesionales, su valor es de 6 a uno.
-No te cabrees, Hank. Ya sé que soy un novato en este juego. Sólo quiero decir que me parece como si debiera ser el favorito. No sé. Voy a apostar por él de todas formas. Voy a apostar diez dólares de ganador.
-Es tu dinero, Joe. Sólo tuviste suerte en la primera carrera, el juego no es tan sencillo.
Bueno, Big H ganó y pagaron 14,40 dólares. Joe empezó a pavonearse. Leímos de nuevo el folleto en el bar y Joe pidió una bebida para cada uno y le dio al camarero un dólar de propina. Cuando nos íbamos del bar, se dirigió al camarero y le dijo: «Barneyïs Mole está solo en esta carrera». Barneyïs Mole era el favorito a 6/5, así que no me pareció una predicción tan disparatada. De todos modos, al acabar la carrera, ganador, representó dinero. Pagaron a 4,20 dólares y Joe se sacó 20 dólares gracias a él.
-Esta vez -me dijo- eligieron favorito al caballo adecuado.
Al acabar la jornada, de nueve carreras, Joe había acertado ocho ganadores. En el camino de vuelta, estuvo todo el rato preguntándose cómo podía haberse equivocado en la séptima carrera.
-Blue Truck parecía con mucho el mejor. No entiendo cómo llegó tercero.
-Joe, has ganado 8 de 9. Esa es la suerte del novato. No sabes lo jodido que es este juego.
-A mí me parece fácil. Simplemente eliges el ganador y luego recoges tu dinero.
No volví a hablar en todo el resto del viaje. Esa misma noche llamó a mi puerta y se presentó con una botella de whisky y el folleto de apuestas. Le ayudé a vaciar la botella, él me dijo los nueve ganadores del día siguiente y me explicó por qué. Teníamos entre nosotros a un verdadero experto. Yo sabía cómo podían subirse las carreras a la cabeza. Una vez tuve 17 ganadores seguidos y pensé en comprar casas a todo lo largo de la costa y empezar un negocio de esclavos blancos para proteger mis ganancias de los inspectores de Hacienda. Así de loco te puedes volver.
Me moría de ganas por llevar a Joe al hipódromo al día siguiente. Quería ver su cara cuando fallasen todas sus predicciones. Los caballos eran sólo animales hechos de carne. Continuamente fallaban. Como decían los viejos aficionados: «Hay una docena de formas de perder una carrera y sólo una de ganarla».
Bueno, pues no ocurrió así. Joe acertó 7 de sus 9 ganadores; caballos desconocidos, de tarifa media. Y todo el camino de vuelta estuvo maldiciendo sus dos perdedores. No podía entender por qué había fallado. Yo no dije nada.
El hijo de puta podía tener razón. Pero los porcentajes acabarían venciéndolo. Comenzó a explicarme que yo apostaba mal, y el modo adecuado de hacerlo. Dos días en el hipódromo y ya era un experto. Yo llevaba jugando 20 años y el tío me estaba diciendo que no conocía mi propio culo.
Fuimos toda la semana y Joe siguió ganando. Se volvió tan insoportable que no pude aguantarle por más tiempo. Se compró traje y sombrero nuevos, zapatos y camisas, y empezó a fumar puros de medio dólar. Les dijo a los del subsidio de paro que estaba empleado en su propio negocio y que no necesitaba su sucio dinero por más tiempo. Joe se había vuelto loco. Se dejó crecer el bigote, se compró un reloj de pulsera y un costoso anillo. El martes siguiente le vi dirigirse al hipódromo en coche propio. un Caddy negro del 69. Me saludó desde la ventanilla al tiempo que echaba fuera la ceniza de su puro. En el hipódromo no hablé con él. Ahora iba siempre al sector de socios. Cuando llamó a mi puerta aquella noche, llevaba la habitual botella de whisky y una rubiaza a su lado. Una rubia joven, bien vestida, bien cuidada, tenía unas formas y una cara magníficas. Entraron juntos.
-¿Quién es este viejo sarnoso? -le preguntó a Joe.
-Es mi viejo compadre, Hank -le dijo él-; le conocí cuando yo era pobre. Me llevó un día a las carreras.
-¿Y no tiene alguna vieja?
-El viejo Hank no ha estado con una mujer desde 1965. Oye, ¿qué tal si lo juntamos con la gorda Gertie?
-Oh infiernos, Joe. ¡La gorda Gertie no lo aguantaría! Mira, va vestido como un pordiosero.
-Ten un poco de misericordia, nena, es mi compadre. Sé que no tiene muy buena pinta, pero empezamos juntos, y yo soy muy sentimental.
-Bueno, la gorda Gertie no es sentimental, y le gusta la clase.
-Mira, Joe -dije yo-, olvídate de las mujeres. Siéntate aquí, bebamos unos tragos, y vamos a echar un vistazo al folleto de apuestas para que me digas los ganadores de mañana.
Joe hizo eso. Bebimos y me señaló los caballos. Me escribió nueve nombres en un pedazo de papel. Su chica, Thelma, bueno, Thelma me miraba como si fuese una mierda de perro en medio de un césped bien cuidado.
Estos nueve caballos dieron ocho ganadores al día siguiente. Uno de ellos pagó 62 dólares. No podía entenderlo. Esa noche Joe vino con una chica nueva. Parecía aún más bonita. El se sentó a mi lado con la botella y el folleto de apuestas y me escribió nueve caballos más.
Entonces me dijo:
-Escucha, Hank, me voy a mudar de casa. He encontrado un bonito apartamento de lujo al lado del hipódromo. El tiempo de viaje de ida y vuelta a las carreras era un coñazo. Vámonos, nena. Nos veremos por ahí, chico, adiós.
Sabía lo que pasaba. Mi compadre me estaba dando el cepillazo. Al día siguiente aposté fuerte a los nueve caballos. Siete fueron ganadores. Cuando volví a casa me sumergí en el folleto de apuestas tratando de hallar el motivo por el que los había elegido, pero no parecía haber ninguna razón comprensible. Algunas de sus selecciones eran verdaderos rompecabezas para mí.
No volví a ver a Joe por el patio de apuestas, excepto una vez. Le vi entrar en los locales del club con dos mujeres. Estaba gordo, reía a carcajadas. Llevaba un traje de doscientos dólares y un anillo con un diamante incrustado. Arrojó al suelo a medio fumar un puro importado de dólar y medio.
Ese día perdí todas las carreras.
Dos años más tarde, yo estaba en el hipódromo de Hollywood Park y era un día particularmente caluroso, un jueves. En la sexta carrera había sacado un ganador a 26,80 dólares. Cuando me alejaba de la ventanilla de pagos, oí su voz detrás mío:
-¡Eh, Hank! ¡Hank!
Era Joe.
-Cristo, tío -dijo-. ¡Es maravilloso volver a verte!
-Hola, Joe...
Seguía con su traje de doscientos dólares, en medio de todo ese calor. Todo el mundo iba en mangas de camisa. El necesitaba un afeitado, sus zapatos estaban polvorientos y el traje estaba arrugado y sucio. El diamante había desaparecido, el reloj de pulsera había desaparecido.
-Dame un cigarrilo, Hank.
Le dí un cigarrillo y cuando lo encendió, noté que sus manos temblaban.
-Necesito un trago, tío -me dijo.
Lo llevé a un bar y nos tomamos un par de whiskies. Joe estudió el folleto de apuestas.
-Escucha, tío; yo te he señalado un montón de ganadores, ¿no?
-Claro que sí, Joe.
Estuvimos allí mirando el folleto por un rato.
-Ahora coge esta carrera -dijo-. Mira a Black Monkey. Va a ganar, Hank. Lo tiene chupado. Y está 8 a uno.
-¿Te gustan sus posibilidades, Joe?
-Está hecho, tío. Ganará como la luz del día.
Pusimos nuestras apuestas a Black Monkey y salimos a ver la carrera. Llegó en séptimo lugar.
-No lo entiendo -dijo Joe-. Mira, déjame dos pavos más, Hank. Siren Call está en la próxima, no puede perder. No hay manera.
Siren Call llegó a alcanzar un quinto puesto, pero eso no es una gran ayuda cuando apuestas a ganador. Joe me sacó otros dos dólares para la novena carrera y su caballo llegó el último. Me dijo que no tenía coche y que si me importaba llevarle a casa.
-No te lo vas a creer -me dijo-, pero estoy de nuevo en la miseria.
-Te creo, Joe.
-Pero me remontaré. Sabes, Pittsburgh Phil se arruinó media docena de veces. Siempre consiguió volver a enriquecerse. Sus amigos tenían fe en él. Le prestaban dinero.
Cuando le dejé, me encontré con que ahora vivía en una vieja casa de habitaciones alquiladas, a unas cuatro manzanas de la mía. Yo nunca me había mudado. Cuando bajó del coche me dijo:
-Hay un programa cojonudo para mañana, lo tengo controlado. ¿Vas a ir?
-No estoy seguro, Joe.
-Quiero saber si vas a ir.
-Claro, Joe.
Esa noche oí llamar a mi puerta. Reconocí la llamada de Joe. No contesté. Seguí tumbado en la cama. El siguió llamando. Yo tenía la televisión encendida, pero seguí sin contestar. El volvió a llamar.
-¡Hank! ¡Hank! ¿Estás ahí? ¡EH, HANK!
Entonces empezó a pegarle de verdad a la puerta, el hijo de puta. Estaba frenético. Golpeó y golpeó, una y otra vez. Al fin paró. Le oí bajar las escaleras. Entonces oí cerrarse la puerta principal de la casa. Me levanté, apagué el televisor, fui hasta el frigorífico, me hice un sandwich de jamón y queso, y abrí una botella de cerveza. Me senté con todo ello, abrí el folleto de apuestas del día siguiente y empecé a mirar la primera carrera, un premio de cinco mil dólares potros de más de tres años. Me gustaba el número 8. Estaba homologado en 5 a uno. De cualquier modo, me quedaba con él.



6 de junio de 2011

El Principiante - Bukowski


Bien, dejé el lecho de muerte y salí del hospital del condado y conseguí un trabajo como encargado de almacén. Tenía los sábados y los domingos libres y un sábado hablé con Madge:
-Mira, nena, no tengo prisa por volver a ese hospital. Tendría que
buscar algo que me apartara de la bebida. Hoy, por ejemplo, ¿qué se puede
hacer sino emborracharse? El cine no me gusta. Los zoos son estúpidos. No
podemos pasarnos todo el día jodiendo. Es un problema.
-¿Has ido alguna vez a un hipódromo?
-¿Qué es eso?
-Donde corren los caballos. Y tú apuestas.
-¿Hay algún hipódromo abierto hoy?
-Hollywood Park.
-Vamos.
Madge me enseñó el camino. Faltaba una hora para la primera carrera y el aparcamiento estaba casi lleno. Tuvimos que aparcar a casi un kilómetro de la entrada.
-Parece que hay mucha gente -dije.
-Sí, la hay.
-¿Y qué haremos ahí dentro?
-Apostar a un caballo.
-¿A cuál?
-Al que quieras.
-¿Y se puede ganar dinero?
-A veces.
Pagamos la entrada y allí estaban los vendedores de periódicos diciéndonos:
-¡Lea aquí cuales son sus ganadores! ¿Le gusta el dinero? ¡Nosotros le ayudaremos a que lo gane!
Había una cabina con cuatro personas. Tres de ellas te vendían sus selecciones por cincuenta centavos, la otra por un dólar. Madge me dijo que comprase dos programas y un folleto informativo. El folleto, me dijo, trae el historial de los caballos. Luego me explicó cómo tenía que hacer para apostar.
-¿Sirven aquí cerveza? -pregunté.
-Sí claro. Hay un bar.
Cuando entramos, resultó que los asientos estaban ocupados. Encontramos un banco atrás, donde había como una zona tipo parque, cogimos dos cervezas y abrimos el folleto. Era sólo un montón de números.
-Yo sólo apuesto a los nombres de los caballos -dijo ella.
-Bájate la falda. Están todos viéndote el culo.
-¡Oh! Perdona.
-Toma seis dólares. Será lo que apuestes hoy.
-Oh, Harry, eres todo corazón -dijo ella.
En fin, estudiamos todo detenidamente, quiero decir estudié, y tomamos otra cerveza y luego fuimos por debajo de la tribuna a primera fila de pista. Los caballos salían para la primera carrera. Con aquellos hombrecitos encima vestidos con aquellas camisas de seda tan brillantes. Algunos espectadores chillaban cosas a los jinetes, pero los jinetes les ignoraban. Ignoraban a los aficionados y parecían incluso un poco aburridos.
-Ese es Willie Shoemaker -dijo Madge, señalándome a uno. Willie Shoemaker parecía a punto de bostezar. Yo también estaba aburrido. Había demasiada gente y había algo en la gente que resultaba depresivo.
-Ahora vamos a apostar -dijo ella.
Le dije dónde nos veríamos después y me puse en una de las colas de dos dólares ganador. Todas las colas eran muy largas. Yo tenía la sensación de que la gente no quería apostar. Parecían inertes. Cogí mi boleto justo cuando el anunciador decía: «¡Están en la puerta!».
Encontré a Madge. Era una carrera de kilómetro y medio y nosotros estábamos en
la línea de meta.
-Elegí a Colmillo Verde -le dije.
-Yo también -dijo ella.
Tenía la sensación de que ganaríamos. Con un nombre como aquél y la última carrera que había hecho, parecía seguro. Y con siete a uno.
Salieron por la puerta y el anunciador empezó a llamarlos. Cuando llamó a Colmillo Verde, muy tarde, Madge gritó:
-¡COLMILLO VERDE!
Yo no podía ver nada. Había gente por todas partes. Dijeron más nombres y luego Madge empezó a saltar y a gritar:
¡COLMILLO VERDE! ¡COLMILLO VERDE!
Todos gritaban y saltaban. Yo no decía nada. Luego, llegaron los caballos.
-¿Quién ganó? -pregunté.
-No sé -dijo Madge-. Es emocionante, ¿eh?
-Sí.
Luego, pusieron los números. El favorito 7/5 había ganado, un 9/2 quedaba segundo y un 3 tercero.
Rompimos los boletos y volvimos a nuestro banco.
Miramos el folleto para la siguiente carrera.
-Apartémonos de la línea de meta para poder ver algo la próxima vez.
-De acuerdo -dijo Madge.
Tomamos un par de cervezas.
-Todo esto es estúpido -dije-. Esos locos saltando y gritando, cada uno a un caballo distinto. ¿Qué pasó con Colmillo Verde?
-No sé. Tenía un nombre tan bonito.
-Pero los caballos no saben cómo se llaman... El nombre no les hace correr.
-Estás enfadado porque perdiste la carrera. Hay muchas más carreras.
Tenía razón. Las había.
Seguimos perdiendo. A medida que pasaban las carreras, la gente empezaba a parecer muy desgraciada, desesperada incluso. Parecían abrumados, hoscos. Tropezaban contigo, te empujaban, te pisaban y ni siquiera decían «perdón». O «lo siento».
Yo apostaba automáticamente, sólo porque ella estaba allí. Los seis dólares de Madge se acabaron al cabe de tres carreras y no le di más. Me di cuenta de que era muy difícil ganar. Escogieras el caballo que escogieras, ganaba otro. Yo ya no pensaba en las probabilidades.
En la carrera principal aposté por un caballo que se llamaba Claremount III. Había ganado su última carrera fácilmente y tenía un buen tanteo. Esta vez llevé a Madge cerca de la curva final. No tenía grandes esperanzas de ganar. Miré el tablero y Claremount III estaba 25 a uno. Terminé la cerveza y tiré el vaso de papel. Doblaron la curva y el anunciador dijo:
-¡Ahí viene Claremount III!
Y yo dije:
-¡Oh, no!
-¿Apostaste por él? -dijo Madge.
-Sí -dije yo.
Claremount pasó a los tres caballos que iban delante de él, y se distanció en lo que parecían unos seis largos. Completamente solo.
-Dios mío -dije-, lo conseguí.
-¡Oh, Harry! ¡Harry!
-Vamos a tomar un trago -dije.
Encontramos un bar y pedí. Pero esta vez no pedí cerveza. Pedí whisky.
-Apostamos por Claremount III -dijo Madge al del bar.
-¿Sí? -dijo él.
-Sí -dije yo, intentando parecer veterano. Aunque no sabía cómo eran los veteranos del hipódromo.
Me volví y miré el marcador. CLAREMOUNT se pagaba a 52,40.
-Creo que se puede ganar a este juego -le dije a Madge -. Sabes, si ganas una vez no es necesario que ganes todas las carreras. Una buena apuesta, o dos, pueden dejarte cubierto.
-Así es, así es -dijo Madge.
Le di dos dólares y luego abrimos el folleto. Me sentía confiado. Recorrí los caballos. Miré el tablero.
-Aquí está -dije-. LUCKY MAX. Está nueve a uno ahora. El que no apueste por Lucky Max es que está loco. Es sin duda el mejor y está nueve a uno. Esta gente es tonta.
Fuimos a recoger mis 52,40.
Luego fui a apostar por Lucky Max. Sólo por divertirme, hice dos boletos de dos dólares con él ganador.
Fue una carrera de kilómetro y medio, con un final de carga de caballería. Debía haber cinco caballos en el alambre. Esperamos la foto. Lucky Max era el número seis. Indicaron cuál era el primero:
6.
Oh Dios mío todopoderoso. LUCKY MAX.
Madge se puso loca y empezó a abrazarme y besarme y dar saltos.
También ella había apostado por él. Había alcanzado un diez a uno. Se pagaba 22,80 dólares. Le enseñé a Madge el boleto ganador extra. Lanzó un grito. Volvimos al bar. Aún servían. Conseguimos beber dos tragos antes de que cerraran.
-Dejemos que se despejen las colas -dije-. Ya cobraremos luego.
-¿Te gustan los caballos, Harry?
-Se puede -dije-, se puede ganar, no hay duda.
Y allí estábamos, bebidas frescas en la mano, viendo bajar a la multitud por el túnel camino del aparcamiento.
-Por amor de Dios -le dije a Madge-, súbete las medias. Pareces una lavandera.
-¡Uy! ¡Perdona papaíto!
Mientras se inclinaba, la miré y pensé, pronto podré permitirme algo un poquillo mejor que esto.
Jajá.

Juguetes Perdidos - Los Redondos DVD - Racing 1998

2 de junio de 2011

Óleo

Dulce introducción al caos - tablatura-


SOL            RE               DO    RE
Como quieres que escriba una canción
SOL            RE               DO    RE
si a tu lado no hay reivindicación.
DO               RE                Mim
La canción de que el tiempo no pasara
      RE           DO
donde nunca pasa nada.

SOL          RE             DO    RE
Una racha de viento nos visitó
SOL          RE             DO    RE
y el árbol ni una rama se le agitó.
DO           RE                  Mim
La canción de que el viento se parara
      RE           DO
donde nunca pasa nada.

SOL          RE             DO     RE
Un otoño el demonio se presentó
SOL          RE             DO     RE
fue cuando el arbolito se deshojó.
DO            RE                Mim
La canción de que el tiempo se atrasara
      RE           DO
donde nunca pasa nada.

SOL          RE             DO     RE
Una racha de viento nos visitó
SOL          RE             DO     RE
pero nuestra veleta ni se inmutó.
DO            RE                Mim
La canción de que el viento se parara
      RE           DO
donde nunca pasa nada.

SOL            RE
Mientras tanto pasan las horas,
DO             RE
sueño que despierto a su vera,
SOL            RE
me pregunto si estará sola
DO             RE
y ardo dentro de una hoguera.

SOL          RE               DO       RE
Como quieres que escriba una canción
SOL          RE               DO       RE
si a tu lado he perdido la ambición.
DO               RE                Mim
La canción de que el tiempo no pasara
RE           DO
donde nunca pasa nada.

SOL                    RE                    DO      RE
Se rompio la cadena que ataba el reloj a las horas,
SOL                    RE                    DO      RE
se paró el aguacero ahora somos flotando dos gotas.
DO                     RE                    Mim    Sim
Agarrado un momento a la cola del viento me siento mejor,
DO                     RE                    Mim    Sim
y olvidé de poner en el suelo los pies y me siento mejor.
DO     ReE
Volar! volar!

SOL          RE             DO       RE
Una racha de viento nos visitó
SOL          RE                DO     RE
y a nosotros ni el pelo se nos movió.
DO                RE             Mim
La canción de que el viento se parara
RE               DO
donde nunca pasa nada.

Mim             RE         Mim
Ya no queda una piedra en pie
             RE
porque el viento lo derribó
Do         Sim
No! No hay esa canción
Mim             Re
Ya no queda nada de ayer
Mim             Re
porque el viento se lo llevó
Do         Sim
No! No hay esa canción

Mim             Re
Ya no queda una piedra en pie
Mim              Re
porque el viento lo derribó
Do         Sim
No! No hay esa canción
Mim             Re
Ya no queda nada de ayer
Mim             Re
porque el viento se lo llevó
Do         Sim
No! No hay esa canción

Roberto Iniesta - Presentación de su libro 1/4